Desde que comenzamos con el club literario tenía muchas ganas de proponerles leer El Jardín Secreto. Inspirada por las hermanas Martins y su marca, la cual a su vez toma la naturaleza como punto de partida para su propio imaginario, armé una lista de libros alrededor de los jardines, encabezada por la que fue la última novela juvenil de Frances Hodgson Burnett. Me sorprendió que el resultado de este mes de lectura intensa tuvo cambios visibles en mí: conecté con mi propio jardín - tanto real como metafórico - entendiendo que la naturaleza esconde secretos y que solo se necesita interés y paciencia para descubrirlos. También identifiqué la magia que me rodea, lloré un poco y confirmé que muchas de mis lecturas favoritas tienen que ver con crecer - y con hacer crecer -.

La Magia

Tanto en La Princesita como en El Jardín Secreto aparece el concepto de magia y en ambos escritos se presenta sutil y armoniosa en lugar de estridente y delirante. No llega a pertenecer al universo del realismo mágico, tampoco al mundo de la fantasía; es más bien una fuerza natural, a veces empujada por los humanos y muchas otras, por la naturaleza misma. Esta energía transformadora se hace protagonista ya que mueve la acción y modifica el arco narrativo de nuestros protagonistas.

Mary es una niña inglesa criada en la India colonial, solitaria y mimada, cuyos padres mueren repentinamente durante una epidemia de cólera. Apática y distante, no conoce la calidez ni la ternura; incluso antes de perder a su familia ya sufría una gran carencia afectiva. Frente a su orfandad, es enviada a vivir con su tío, el misterioso señor Craven, en una enorme y sombría mansión en Yorkshire, Inglaterra. Es allí donde Mary se enfrenta al silencio, a la rutina y a una naturaleza que al principio le resulta ajena y hostil. El páramo, la mansión y los jardines esconden secretos que pronto encienden su curiosidad, una chispa de vida, una razón para moverse. Ese impulso juvenil sorpresivo la lleva a descubrir un jardín olvidado, cerrado con llave desde hace años tras la muerte de la esposa del tío Craven.

Guiada por el jardinero Ben Weatherstaff y por un niño del campo llamado Dickon - encantador de animalitos salvajes y mago de las plantas - Mary empieza a cuidar el jardín en secreto. A medida que remueve la tierra, ella misma comienza a transformarse volviéndose más fuerte, más sensible y enérgica. Durante sus exploraciones, Mary descubre también que en la mansión vive escondido Colin, su primo enfermo, convencido de que va a morir. Entre ambos —y con la ayuda de Dickon— logran devolver la vida al jardín y, al hacerlo, también reviven su propia capacidad de amor, de juego y sanación.

Los jardines y la magia se convierten en la obsesión de Mary, quien descubre la alegría de vivir mientras aprende a comunicarse con los animales - ¡y con las personas! - además de valorar todo lo que crece desde abajo, empujando la tierra para nacer. El cambio de nuestra protagonista es visible ya que ella crece a medida que crece su jardín. Con descripciones encantadoras que despiertan nuestra imaginación, la autora nos hace descubrir el jardín a través de los ojos de la niña. Se nos presenta así una naturaleza abundante pero que brota a su ritmo mediante cuidados y trabajo. A medida que pasan las estaciones podemos apreciar los cambios del jardín y vemos el trabajo de ¨la magia¨- como Mary llama a la naturaleza y a la energía creadora del mundo - desde un otoño dorado hasta una primavera que estalla en color y movimiento. Cada momento del jardín secreto es preciado y tiene algo que contar. Mientras la naturaleza habla, nosotros la escuchamos a través de ésta historia.

“Quizás el jardín es el lugar donde las cosas rotas aprenden a crecer otra vez.” El Jardín Secreto, Frances Hodgson Burnett

La Magia también aparece como fuerza sanadora, como ternura y afecto, como alimentos nobles y deliciosos que fortalecen los cuerpos de los niños, como rituales lúdicos que los unen en amistad y como animales salvajes que se les acercan para darles lecciones invaluables. La aparición de la madre de Dickon también es una obra mágica: la madre como figura protectora, contenedora, una mujer sencilla pero sabia, que a pesar de su origen tan diferente al de Mary, le otorga a ella y a su joven primo una muestra de afecto y ternura tan conmovedora como transformadora.

Por último, la magia - o la Cosa Buena como la llama la madre de Dickon - y el jardín se convierten en una metáfora poderosa de sanación. Por momentos la autora coquetea con un concepto que hoy abunda en nuestra sociedad: el pensamiento positivo como solución a todo. Teniendo en cuenta que es una obra juvenil publicada en 1911, entendemos que su búsqueda tiene más que ver con el cuidado, la paciencia y el contacto con un otro - sea éste otro un amigo, un animal o un jardín entero - que con ¨el poder de la manifestación¨ como lo (mal) interpretamos hoy. Mary cambia porque su entorno cambia y luego se transforman sus pensamientos, que se hacen más alegres y luminosos. El bienestar no se impone con pensamientos positivos sino que se cultiva con paciencia, con tiempo y gracias al contacto con lo vivo. Al final, cuando el jardín florece, también lo hacen los personajes que habían quedado detenidos en el dolor. Al final, cuando florecemos, lo hacemos con el ritmo del mundo, de nuestros pares, de nuestros afectos y de la naturaleza misma.

Crecer y hacer crecer

La magia obró cuando empecé a preparar esta entrega del club literario. A unas cuadras de la oficina de Lulú Martins descubrí una librería pequeña y preciosa con un escaparate primaveral: todas las lecturas eran sobre flores, plantas y jardines. Allí compré Todo lo que crece de Clara Obligado, libro que leí en pocos días y al que pienso volver seguido. Ésta lectura, deliciosamente conmovedora, fusiona ensayo, memoria, naturaleza y escritura. Leí ambos libros a la par, tan distintos y tan cercanos a la vez. Descubrí así que lo que nos conmueve comulga en nosotros, lo que nos atraviesa está hecho de lo mismo.

Clara Obligado nos conduce por lo cotidiano a través de su relación con la naturaleza, explorando la vida como una forma de jardinería y presentando reflexiones en torno a la infancia, la migración, la escritura y los vínculos familiares.

El punto de partida es una pregunta luminosa y dolorosa a la vez: “¿toda infancia fue feliz y crecer es perderlo todo?” seguida por otra igual de profunda ¨¿cuándo nos separamos de la naturaleza? ¿Cuándo es que dejamos de reconocernos en su ritmo, en su cadencia, en su abundancia y en sus ciclos? Los niños tienden a renovar su conexión primaria con la naturaleza, desde moldear el barro húmedo hasta cazar luciérnagas. Respirar el aire fresco de una mañana cualquiera, emocionarse por el sol, observar el mar con curiosidad, cortar una flor, andar en bicicleta incluso bajo la lluvia. Temo estar hablando de los niños que fuimos y no de los niños de ahora, pero sin dudas el libro de Obligado me dejó pensando en sus inquietudes existenciales y dolorosamente contemporáneas. Me pregunto entonces en qué momento de nuestra existencia empezamos a hablar del clima únicamente cuando no tenemos nada que decir en lugar de conversar sobre él como lo que realmente es: la magia del mundo. Somos los adultos quienes olvidamos que esa magia existe. Desde una mirada quizás algo inocente, es cierto que toda infancia fue, al menos, más feliz que lo actual. Crecer —en tanto separarnos de la naturaleza— implica, tristemente, perderlo todo.

“No se crece sin duelo.” Todo lo que crece, Clara Obligado

En el libro de Clara Obligado, el jardín, el campo y las plantas evocan temáticas como el tiempo, el cuidado, el exilio y la herencia. Aparece la figura de su padre - quien le abre las puertas al mundo de las plantas - y se construye un pensamiento sobre la memoria, las ausencias y el amor.

Leer Todo lo que crece y El Jardín Secreto en simultáneo me trajo imágenes de mi propia historia. Mi papá, un señor amante de los jardines y de los rosales, era capaz de hacer crecer casi cualquier cosa en cualquier lado. Siempre andaba con tierra en las uñas, trasladando plantas, limpiando sus hojas, regando a conciencia. Similar a Dickon, ese niño salvaje capaz de hablar con los animales y de hacer crecer jardines completos, y también similar a ese padre evocado por Clara, conocedor de la naturaleza, quien le enseñó todo lo que sabía sobre ella.

“Todo lo que crece lleva algo de quienes lo cuidaron.” Todo lo que crece, Clara Obligado

Las imágenes botánicas que nos trae Obligado conviven con reflexiones sobre la escritura, la pérdida de los territorios, los cuerpos, los cambios: la persistencia de lo que está vivo. Una obra que conmueve por su cercanía, una forma de volver a hacernos naturaleza y seguir creciendo aún en medio del caos y del desarraigo.

Seguir creciendo a pesar de lo que se pierde.

Seguir creciendo como las semillas del jardín secreto de Mary: empujando la tierra hasta sentir el sol, hasta hacernos de un lugar en el mundo.