
En un mundo donde aún hoy falta representación y espacio para las mujeres, la literatura se convierte en un refugio, en el famoso cuarto propio de Virginia Woolf, es nuestro caballito de batalla para sobrevivir. Explorar la pluralidad de lo femenino fue tema para las escritoras desde que existe la palabra escrita. Durante siglos, escribir era un acto únicamente masculino, ya que las mujeres no podían participar plenamente del espacio público intelectual. Como consecuencia, aquellas quienes sentían la pulsión de escribir, recurrieron a diarios íntimos, cartas, cuadernos y memorias. Muchas usaban pseudónimos masculinos para ser publicadas (las hermanas Bronte) y otras escribían en secreto (Jane Austen). Las primera novelas publicadas debían ser ¨apropiadas¨, identificadas como ¨novela rosa¨, muy relacionadas con lo doméstico y lo educacional, donde el matrimonio y la vida familiar eran los protagonistas. Aún con una dimensión acotada de temática, la prosa femenina reflexiva e inteligente se destaca y se vuelve fundamental.
A fines del siglo XIX una serie de acontecimientos simultáneos cambian para siempre la historia de la escritura femenina. Con el aumento la alfabetización femenina, la aparición de bibliotecas públicas, el precio más accesible de los libros y el tiempo libre fuera de lo doméstico las mujeres empiezan a leer más. Las editoriales lo notan y empiezan a publicar más autoras mujeres. Podría decirse que es cuando nace la novela femenina moderna, impulsada por autoras como Virginia Woolf, Edith Wharton, Colette, entre otras. La literatura femenina parece haber nacido dentro de gabinetes de curiosidades, de colecciones de objetos preciados, cotidianos, memoriosos, pequeñas maravillas archivadas. Esto fascina pero también incita una crítica que hasta hoy soportamos: el prejuicio de las mujeres hacemos y consumimos ¨literatura menor¨. Es aquí dónde Virgina Woolf escribe su ensayo Un cuarto propio donde declara que la mujer necesita:
¨Dinero y una habitación propia para poder escribir¨
Los comienzos de la literatura femenina en Latinoamérica son bastante distintos. La primera gran escritora latinoamericana es Sor Juana Inés de la Cruz (1651–1695). El convento era uno de los pocos lugares donde una mujer podía dedicarse a leer, estudiar y a escribir. Su texto Respuesta a Sor Filotea es considerado uno de los primeros manifiestos feministas de América. Fue la misma iglesia quién le prohibió seguir escribiendo.
En el sigo XIX los escritos de autoras mujeres se relacionan con lo educativo y la construcción de nación: aparecen autoras que escriben mientras se forman los estados latinoamericanos. Se realizan salones literarios para debatir ideas y las voces femeninas se nutren de la discusión de ideales y realidades.
En el siglo XX aparece el deseo como temática central de la literatura, y surgen grandes autoras como Alfonsina Storni y Gabriela Mistral (Premio Nobel). Cuerpo, deseo, autonomía, maternidad. El romance desde nuevas perspectivas, lo cotidiano se vuelve aún más íntimo, más oscuro, más reflexivo. Se gestó una revolución femenina a través de la palabra escrita. ¨
En el periodo 1960-1970 las mujeres escritoras de nuestro territorio vuelven a quedar invisibilizadas como consecuencia al boom de escritores hombres (Cortázar, Márquez, entre otros). En cambio, a partir de los 90s las mujeres conquistan nuevos espacios no solo como escritoras (Mariana Enríquez, Samanta Schweblin) sino también como lectoras.
Las mujeres, estadísticamente, leemos más. Y leemos a otras mujeres. Somos quienes recurrimos a la ficción y abrazamos un libro cuando la autora es una de nosotras. También somos una parte fundamental en las editoriales: somos fuerza de trabajo mayoritaria (aunque no siempre en puestos de poder, lamentablemente).
Mis primeras lecturas fueron libros de autoras mujeres. Gracias a ellas no solo accedí a una educación sentimental, revolucionaria, constitutiva y reflexiva sino que también conecté con mi deseo de escritora. La importancia de los diarios íntimos tempranos, de las cartas de amor (y mails), de los relatos cortos escritos a la madrugada, e incluso mis textos contemporáneos y mi novela en proceso, existen gracias a esas autoras que impulsaron no solo el deseo sino también la posibilidad. La importancia de la experiencia plural femenina en la palabra escrita se construye a través del vínculo nutritivo entre escritora-lectora. Escribir es una forma de contar el mundo: nuestra perspectiva como mujeres fue y será fundamental.
¿Cuáles son sus autoras favoritas? ¿Cuáles les cambiaron su forma de leer y de pensar?
Gracias por leer con nosotras!


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